31 mar. 2011

Prejuicios/2: Crónica del primer día, figuras del segundo

El Conurbano no es gris, o no completamente. Y ni Sarandí, ni Avellaneda, ni lo que siguió hasta Bernal, son un terreno vacío, como una parte de mi cabeza imaginó antes de salir, como conté en el primer y apurado post prejuicioso. Apurado porque la bici-baño se estuvo armando hasta último momento y los fierros y los preparativos mínimos le ganaron tiempo a la crónica, el relato, a los dibujos. La idea, tal como la conté hace diez días, es sacar afuera el prejuicio para luego derribarlo; o confirmarlo, quizá. Lo importante es estar dispuesto a abandonarlo. Esa es nuestra actitud ética en esta expedición artística que es, también, una expedición antropológica -en el sentido más humanista del término, en la apuesta fuerte por conocer al otro y con el otro. Williams James decía: “un gran número de personas piensan que están pensando cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios”. Aquí no se trata de eso, aunque no siempre es fácil desprenderse de aquéllos, ni todos aquí están participando del mismo juego. ¿Qué prejuicio tendría el fletero que llevó de madrugada a los expedicionarios platenses hasta Constitución, cargando bicis, mochilas y un baño móvil? ¿qué prejuicio –sobre nosotros, digo- tendrían las señoras que nos recibieron en la casa de María Tapia con aplausos y ganas de mostrar sus cuadros y esculturas? ¿qué imagen de nosotros se habrían hecho Ale, Naty, Cecilia y Leti, las chicas que con buenísima onda nos recibieron en la UNQ? ¿qué habrán pensado, a la pasada, toda las personas que nos vieron circular?

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Con la mayoría de ellos no hablamos. O se dieron diálogos que se guardan para reírse en la cena, como el del muchacho que me preguntó, en una de las paradas para meter mano en la bici de Leo:
-¿Qué llevan ahí?
-Cosas… Cosas para el viaje.
-¿Y a dónde van?
-A La Plata.
-¿Van a ver a U2?
Desde siempre, cuando Roger cuenta la idea de la expedición habla de la búsqueda de buenas conversaciones: salimos a la caza de encuentros valiosos, de un par de charlas que nos enriquezcan. ¿Cómo hacerlo? Para usar un término que circuló en este blog, ¿cómo habilitarlas? Planteo ahora el interrogante porque es lo que me moviliza esta segunda jornada, cuando ya le conocemos las mañas a las bicis pesadas y deberíamos pensar menos en las ruedas y los enganches, y más en los encuentros que vinimos a buscar.

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Ayer, además, estábamos muy cansados. Al final, la mayoría de los expedicionarios venimos de La Plata (o sea, vamos a casa), y para nosotros el día arrancó de noche, muy temprano, cuando nuestros compañeros de ruta todavía dormían (o no podían dormir, pensando en la expedición). Durante un par de horas recorrimos en un flete la distancia que nos separa de Buenos Aires, por el camino que usaban todos los automovilistas antes de que existiera la autopista, y donde está la parte cierta de nuestro imaginario gris: el camino sin árboles, con mucho corralón, parrillas al paso y hoteles derruidos, con carteles añejos, sin árboles y con el más puro smog. Distinto sería, más tarde, el camino lento de la expedición, que cuando se inmiscuye en los barrios encuentra verdes inesperados, otros colores, otras relaciones. Y otros estilos en las pintadas. Al prejuiciar el Conurbano gris, ¿quién podría imaginar la Saladita, esa laguna de agua dulce donde otrora volcó un tren de cargas que llevaba sal, ubicada ahí nomás de la casa de María Tapia?

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Rogelio, una de las personas que conocimos en Sarandí, lo llevó a Leo a conocerla (Dicho sea de paso, me quedé con ganas de charlar más con Rogelio. Con pocas palabras se podía adivinar que detrás de su simpleza de lugareño había una historia de militancia en los setenta, de exilio interno y quién sabe cuánto más). Ninguno de nosotros hubiera visto esa laguna sin él. Después, Rogelio subió a su bicicleta y nos guió hasta Domínico; porque hay que decirlo: es verdad que la logística nos sobrepasa; somos expedicionarios sin mapa; más de una vez fuimos dubitativos en el camino a seguir. A veces preguntamos, a veces probamos suerte y hasta una vez cometimos la aberración de poner el google maps por encima de la palabra del lugareño. Lo cierto es que el fletero que nos llevó de La Plata a Buenos Aires sabía más sobre nuestro camino que todos los expedicionarios.

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Es que nosotros estamos para otra cosa. Pero ¿para qué? No es una prueba deportiva, está claro, lejos estamos de eso. Me animaría a decir que Roger aprendió ayer a andar en bici usando cambios y cargando peso.
Como decía antes, aprender a hacer el camino que habíamos propuesto de la forma que nos propusimos, nos ocupó la cabeza todo el primer día. Fue una buena experiencia. Podríamos decir que empezamos a conocernos entre nosotros. El uso de las bicis fue promiscuo: nos pasábamos de unas a otras, nos empujamos unos a otros (El baño no fue utilizado como tal sino hasta la noche, en Bernal, en buena medida porque terminó funcionando de trailer para descargar el peso incalculado de las bicis de Roger y Leo, y de las mochilas de todos).
Por ahora siento que nos queda como deuda conocernos con los otros. Me quedó esa sensación después de pasar por lo de María, la primera parada, con una recibida rara, incómoda quizá, con mujeres del barrio que se dedican al arte (quizá hay, aquí, un prejuicio que todavía no fui capaz de derribar) que nos recibieron como si esperaran algo de nosotros, los artistas expedicionarios. Estuvimos poco tiempo. Bastante para la foto pero escaso para reconocernos. Hablando lenguas que por momentos se notaban distintas –y nadie se lleva gran cosa cuando habla portuñol y apenas un ratito (Un poco más tarde, antes de llegar a la UNQ, pasamos por la casa de Hilda Paz a saludar, y estuvimos en la puerta cinco minutos. Es cierto, estaba fuera de planes, pero fue una de nuestras conversaciones del día, y así fue).
Tenemos, entonces, otras preguntas. Deconstruir los prejuicios es necesario pero no suficiente. ¿Qué tipo de encuentro estamos propiciando? ¿Qué estamos habilitando con la expedición?

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Escribo casi de madrugada, en Bernal, donde todo el tiempo se escucha trabajar la fábrica papelera que está enfrente y los autos que pasan por la autopista. La universidad tiene poco que ver con la imagen que había preconcebido, la de un campo con tranquera y alambre, como una suerte de discontinuidad en el continuo del Conurbano (donde una localidad le sigue a otra y a otra y a otra sin separación). Seguirán, espero, las sorpresas. En un rato saldremos rumbo a la casa de Tito Ingenieri y más tarde hacia el Museo del Golf, en Berazategui. Mis preconceptos: imagino en Tito a un artesano, chatarrero, un artista autodidacta y defensor a ultranza del reciclaje, y también de la idea de que todos podemos hacerlo. En el Museo prefiguro una recibida con muy buena onda en un sitio que poco tiene que ver con nosotros. Un lugar hospitalario pero lejano conceptualmente, seguramente lleno de pelotitas y palos de golf, fotos de eventos de golf, y quizás hasta una cancha de golf. Pero esos son mis prejuicios. Voy con los ojos dispuestos a encontrar otra cosa, con la oreja preparada y con la pregunta inquietante acerca de qué estamos habilitando. Ojalá el tiempo ayude.

PD: Sigan la expedición y los "tuitsdetualet" en twitter! @lulitienetw

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